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Nuestros bosques del Sur Argentino 

Bosques Andino Patagónicos
por Santiago G. de la Vega

Miles de personas recorren cada año los mágicos
 senderos de los bosques, navegan las aguas de lagos, ríos y arroyos, y disfrutan de la paz y belleza del sur.

Ahora bien, además del encanto que el bosque produce sobre cada vez más viajeros, ¿tenemos alguna idea de como funciona y quienes lo componen, hablando por ejemplo, tan sólo de su flora más característica ?

Pues veamos algunos conceptos interesantes:

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Origen y Aislamiento

Por un lado, es sorprendente que casi 2.000 km de territorios, en general áridos, separan nuestros bosques del sur de otros ambientes boscosos o selváticos. Quienes llegan hasta la zona en auto desde las grandes ciudades lo experimentan durante cientos de kilómetros al atravesar la estepa. En parte debido a este "embargo" o aislamiento natural, surgido hace por lo menos 1.000.000 de años atrás, en la "isla verde" que representan los bosques se originaron muchas especies exclusivas (o endémicas).

Por otra parte, en contraste con muchos bosques del Hemisferio Norte donde los pinos son los árboles dominantes, en nuestros bosques dominan las Angiospermas. Y entre ellas, las especies que mantienen sus hojas todo el año (siempreverdes).

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El aporte a la flora de los bosques del sur tiene fuentes diversas. Hay elementos (Ej.: géneros Azara, Chusquea, Crinodendron, Drimys, Escallonia, Myrceugenia) llegados desde las selvas tropicales de América antes del origen de los Andes (iniciado hace unos 60 millones de años).

Por otro lado, en el extremo sur del antiguo megacontinente de Gondwana, hace unos 45 millones de años ya, se originaron elementos (Ej.: Araucaria, Aristotelia, Blechnum, Gevuina, Laurelia, Podocarpus, Nothofagus) que se extendieron por los "pedazos" en que se desmembró el gigante: Sudamérica, Antártida, Australia, Nueva Zelanda, Tasmania y Nueva Guinea.

Los árboles del género Nothofagus son dominantes en nuestros bosques. Este género incluye unas 40 especies vivientes 9 entre la Argentina y Chile y 31 en Australiasia, y se han encontrado fósiles de otras 40 especies.

Alerce - Parque Nacional Los Alerces
Santiago G. de la Vega









Santiago G. de la Vega

A fines de 1986 me recibí de biólogo (Universidad Nacional de Mar del Plata), y a Ios pocos días embarqué a la Antártida por un año. La intensa experiencia de contacto silvestre allí vivenciada, creo que ha sido fuerte motivación para afirmar un rumbo natural.

Siguió otra campaña antártica, y luego un cambio de latitud. Fui al ambiente chaqueño, en Formosa. Un proyecto de conservación y eco turismo allí propuesto se empantanó entre otras cosas, por grandes inundaciones. Con los Avatares de un biólogo suelto en Buenos Aires, comencé a guiar viajes de Turismo de Naturaleza por el país y sur de Chile. Se sumó la etapa de escribir y colaborar en diversas publicaciones y - por tal motivo -, más viajes.

estimulado por el foco de mi interés, inicié la serie: Las Leyes...., y realmente disfruto escribiendo estas páginas. Tras un retorno a la Antártida, las primeras publicaciones se concretaron.
Conectar tramas de la vida silvestre para atrapar tu CURIOSIDAD hacia nuestros ambientes naturales es lo que pretendo.
Alerce - Parque Nacional Los Alerces
La Península Antártica y Tasmania proveen récords de fósiles de este género y se determinó que los Nothofagus crecían en la Antártida hasta el Plioceno e incluso se registraron a tan sólo 400 km del Polo Sur actual.

Pero vayamos a nuestros Nothofagus más conocidos: La Lenga y el Ñire, de hojas pequeñas que pierden en el otoño, rasgo frecuente en árboles de climas fríos.

El Coihue y el Guindo crecen en climas más húmedos y protegidos, también tienen hojas pequeñas, pero perennes.

Desde el Hemisferio Norte y ya siguiendo el corredor de los Andes, habrían arribado algunos elementos (Ej.:Ribes, Empetrum, Baccharis, Berberis) de eco-sistemas adyacentes a los bosques templados.

Con el surgir de los Andes y la formación de la corriente fría de Humboldt en el Pacífico, comenzó el aislamiento de la flora y otros grupos de plantas se originaron.
El avance y retroceso de los hielos durante el Pleistoceno (con las últimas glaciaciones hace unos 14.000 años atrás) habría contribuido a la mayor diversidad de especies respecto a los bosques templados del Hemisferio Norte.


Juegos de azar: variabilidad

La variabilidad, en parte determinada por la diversidad genética y la intervención del azar, permite a las especies adquirir adaptaciones para establecerse, crecer, sobrevivir, y reproducirse en cambiantes condiciones ambientales.

En climas templados y fríos, por ejemplo, hay marcados ritmos de estación y las plantas deben adaptar sus órganos y tejidos.

Bosque de lengas en el Canal de Beagle
Bosque de lengas en el Canal de Beagle
Por ejemplo, el Notro y el Ñire crecen en un amplio rango de variación climática, ya sea en latitud, desde Neuquén hasta Tierra del Fuego, como en altura, sobre los faldeos. El Ñire, es el Nothofagus de más amplia distribución (en parte discontínua) y crece con tres "formas" básicas: árbol, arbusto achaparrado, o en forma más reducida aún en turberas.

El Roble Pellín (en nuestro país sólo presente en sectores del Parque Nacional Lanín) muestra gran variabilidad en muchos de sus "rasgos" a lo largo de su distribución geográfica. En Chile, a distintas latitudes o alturas sobre el nivel del mar, se verificó por ejemplo que tiene cambios en el peso y tamaño de sus semillas.

La asociación con micorrizas (hongos) en las raíces es también una adaptación: un mutuo beneficio entre las raíces de algunas especies de Nothofagus, como el Coihue, con hongos micorrizicos, que pueden captar nitrógeno inorgánico de la atmósfera.

Resistencia a la falta de agua

En muchos habitats de nuestros bosques patagónicos las lluvias son escasas, los vientos intensos, el sol "pega fuerte" durante el verano, y las heladas aparecen en invierno, primavera e incluso verano, complicando la absorción de agua desde los fríos suelos.

Estos factores llegan a establecer condiciones de sequedad para las plantas.

Por eso no debe sorprender que, a pesar de las altas precipitaciones anuales en algunas áreas del bosque, las hojas de muchos de los árboles tienen adaptaciones que se asocian a condiciones de sequías periódicas. Por ejemplo: hojas pequeñas, duras y coriáceas (textura tipo cuero).

La transpiración de la cutícula depende de la capa de cera que recubre la hoja, la que a su vez está en relación a la hidratación de los tejidos y la humedad del aire. Pero con los fuertes vientos, la protección de la cutícula por sí sola puede no ser suficiente para evitar pérdidas de agua.

El Coihue tiene muchos estomas (poros de intercambio de gases), y estos permiten alta transpiración solo cuando el agua disponible es adecuada. Pero si falta agua, los estomas se cierran.

Además las hojas de este árbol pueden soportar grandes pérdidas de agua sin daños permanentes y es resistente al congelamiento. Tienen tricomas ( especie de “pelos”) secretores de terpenos. Estos son compuestos volátiles en la superficie de las hojas que actúan como aislantes térmicos, contribuyendo a una mayor resistencia a la congelación. Además, su evaporación constante puede también disminuir las tasas de evaporación y transpiración de agua. Se ha sugerido que en parte por estas características, el Coihue llega a ser pionero en ambientes de altura de los Andes.


Resistencia y aclimatación al frío

Las especies siempreverdes de los Bosques del Sur son menos resistentes al frío que las del Hemisferio Norte. Esto se debería en parte a que los cambios de temperatura en nuestro hemisferio son más moderados, por la mayor influencia climática de los océanos.

El Coihue tiene plántulas muy resistentes al frío y tal vez a la desecación: puede surgir como colonizadora en áreas sin vegetación y cubiertas de escoria volcánica.

En sus hojas hay aminoácidos y proteínas cuya concentración sube con las bajas temperaturas, por lo que podrían tener una función protectora contra el congelamiento.

El Ñire y la Lenga, que pierden sus hojas, son los más resistentes al frío entre los Nothofagus
.
Además hay una clara aclimatación estacional. Las hojas y tallos de especies leñosas resisten más el frío en invierno que a fines de primavera o verano.

Bosque de lengas en Tierra del Fuego
Publicaciones del Autor
PATAGONIA Las LEYES del BOSQUE Contacto Silvestre Ediciones
PATAGONIA
Las LEYES del BOSQUE
Contacto Silvestre Ediciones
130 pág
Bosque de lengas en
Tierra del Fuego

En invierno, en el Coihue se encontró que sus hojas tienen un mayor número de cloroplastos (orgánelas con clorofila, necesaria para la fotosíntesis) por célula que en muestras tomadas en el verano, posible adaptación a la disminución de la radiación solar.

El Notro juvenil es más resistente que el adulto. Debe serlo, ya que en sus primeras etapas no pierden las hojas en el invierno, cosa que si pueden hacer los adultos.

La nieve y los árboles

Otras adaptaciones de los árboles se dan en relación a las intensas nevadas que deben soportar en el invierno. Hay coníferas que pueden tener copas angostas, de forma columnar, de manera que la nieve se deslice de arriba hacia abajo, como sería en ciertos bosques del Alerce. La estrategia de otras especies es la de presentar copas muy abiertas con ramas angostas en las que la nieve no puede acumularse, como es el caso de los ejemplares adultos del Pehuén, con su amplia copa aparasolada.

En la Lenga y el Coihue (ambos Nothofagus) se observó que tienen ramas planas y dispuestas como en estratos, sobre las que se acumula la nieve. Pero son flexibles y se doblan ante determinado peso, logrando así que la nieve caiga y no se quiebren sus ramas.

Las formas achaparradas, como las de la Lenga en lo alto de las laderas, o las del Guindo y el Roble Pellín, pueden llegar a ser cubiertas de nieve, pero no se quiebran. Claro que no faltan los casos extremos, como las avalanchas, de las que pocos se salvan.

Por otra parte, y haciendo un símil con un malabarista de circo, no hay que olvidar que el ser vivo siempre tiene más de una bola en juego, y no debe descuidar ninguna de ellas.

Así, el tipo de suelo o la necesidad de captar luz en forma más eficiente, también pueden ser importantes en la determinación de la forma de la planta y en la disposición de ramas y hojas.

Volcanes, fuego y terremotos

En especial en los últimos años, están surgiendo un número creciente de focos de incendio, los que pueden iniciar verdaderos estragos, como los ocurridos en el pasado mes de enero en cercanías de Bariloche. Lamentablemente, muchas veces, la mano del hombre es la culpable.

En tiempos prehispánicos, los aborígenes primitivos empleaban el fuego para comunicarse, cazar, cocinar o simplemente calentarse. Los aguerridos Mapuches utilizaban el fuego tanto en defensa como en ataque. Pero fue con la llegada de los colonizadores que las quemas comenzaron a hacerse sistemáticas, por ejemplo, para dar paso a campos ganaderos.

Pero los incendios son también un factor de riesgo natural en los bosques, en especial en años de sequías. Los rayos son poco frecuentes, aunque abundan más en el sector noreste. Serían causantes de más del 15 % de los fuegos de origen conocido entre los 39º S y 43º 30' S entre 1938-1982, según registros de la Administración de Parques Nacionales.

Las erupciones volcánicas, además del riesgo de incendio, pueden liberar inmensos volumenes de cenizas que cubren la vegetación.


Hay plantas con diversas adaptaciones. El Pehuén crece en habitats relativamente secos, en zonas de vulcanismos, y asociado a algunos Nothofagus. Su corteza es gruesa y densa, y poco inflamable.

La caña coligüe crece vigorosamente después de un fuego y puede llegar a impedir el crecimiento de otras especies, aumento el dominio de cañaverales en el sotobosque.

Algunas especies tienen semillas resistentes y hasta el fuego resulta estimulante para su germinación.
Volcán Domuyo - Neuquén
Volcán Domuyo - Neuquén
En algunas especies se da una regeneración de hojas en tallos y ramas después de quemarse. Un ejemplo es el Muermo, presente en nuestro país en el Parque Nacional Lago Puelo, y también de algunas mirtáceas.

Las semillas de algunas plantas tienen protección contra el fuego, y en algunas especies hasta se puede ver favorecida su germinación. después de un incendio.

Aún semi enterrado por cenizas volcánicas, el Ñire produce raíces adventicias desde la base o de sus ramas, para sobrevivir. Lengas enterradas hasta un metro o más -llegan a desarrollar un sistema lateral de raíces más cercano a la nueva superficie de suelo y el Coihue también haría algo similar. El entierro del sotobosque de las cañas Chusquea por escoria y cenizas en general favorece la regeneración de árboles.

Intensos movimientos de tierra pueden afectar el crecimiento de los árboles o incluso matarlos. Sea dañando las raíces, o tal vez por la rápida disminución de la humedad del suelo. En el año 1949, por ejemplo, una importante caída de Nothofagus en sectores de Tierra del Fuego se asoció a un terremoto con centro cerca del Lago Fagnano, donde además las inundaciones provocadas contribuyeron a la mortalidad.

En distintos sitios cercanos al Lago Traful, ejemplares de Coihue y Ciprés tenían anillos de crecimiento muy delgados (indicadores de escaso crecimiento) que se correspondían con los terremotos de 1737, 1751, 1837, 1960.

Otros efectos se asocian a lluvias torrenciales y glaciares que caen en laderas muy abruptas. En áreas de gran precipitación (selva Valdiviana), a menudo aparece el Pangue, con cianobacterias Nostoc fijadoras de nitrógeno asociadas, dominando en sitios expuestos a deslizamientos de tierra.

Pasarán algunas décadas para ser reemplazados por los Nothofagus. Entre ellos, los más tolerantes a la luz se establecen en sitios desnudos creados por movimientos tectónicos, o en depósitos volcánicos. Las micorrizas y los fijadores de nitrógeno les deben ayudar a lograrlo.

El Coihue se establece en depósitos glaciarios como los del Cerro Tronador, a bajas elevaciones y en sitios húmedos. En la Patagonia austral, el Guindo, la Lenga y el Ñire pueden crecer sobre morenas glaciarias.


Los años de vida de los árboles y sus enemigos

El Coihue y el Guindo son los Nothofagus más longevos, llegando hasta los 600 años de vida y aún más en ciertos ejemplares. La Lenga vive unos 350 años, y el Ñire, difícilmente llega a los 200 años.

Pero es el alerce es sin duda el "abuelo y el gigante del bosque", con ejemplares de hasta 3.000 años de edad y 60 metros de altura.

Claro que durante la larga vida de los árboles nunca falta uno que otro inconveniente. En la Argentina y Chile, se han identificado al menos 120 especies de insectos que se alimentan o dañan a los Nothofagus, y algunos ayudan a la entrada de hongos patógenos que pudren la madera.

Las orugas de las mariposas Geometridae, por ejemplo, son importantes defoliantes de la Lenga. Los tumores causados por los conocidos hongos Cyttaria (Llao llao; Pan de Indio) y por el liquen hemiparásito Misodendron son bastante frecuentes, pero no esta bien definido que tanto afectan la salud de los bosques.

Entre los vertebrados, los guanacos -en especial en el pasado cuando eran más abundantes-, afectarían la regeneración de Nothofagus. El huemul y el pudú, hoy muy escasos, también intervendrían en cambios en la composición del bosque. Sobre las aves no se tiene suficiente información, aunque la mayoría de las semillas no son digeribles.

Entre las especies de mamíferos introducidas por el hombre, tanto el ganado como el Ciervo Colorado tienen influencia en la composición del bosque, aunque el Ciervo es más selectivo. Su ramoneo disminuiría la capacidad de regeneración de los árboles, provocando el avance de arbustos como el Calafate y especies de flora exótica.

¿Qué pasa cuando los árboles mueren?

Con las bajas temperaturas, la descomposición de los árboles de nuestros bosques es lentísima. Para la lenga se determinó en Tierra del Fuego que las ramas grandes requieren hasta 35 años en descomponerse, y para un tronco grande se estimó que pueden pasar hasta 500 años hasta que desaparezcan sus vestigios.

Los vientos son importante causa de caída de árboles y su consiguiente muerte, en especial en Tierra del Fuego. Claros ejemplos se encuentran en las costas del Canal Beagle e islas de los Estados, sitios donde se sumaría el efecto negativo del spray marino.

Los troncos de árboles muertos, sean aún parados o ya caídos, dan la falsa sensación de un ambiente "poco saludable". Sin embargo, su presencia contribuye a la biodiversidad.

Ciertas plantas y hongos los colonizan y diversos insectos habitan su madera. El Pájaro Carpintero Gigante y algunas rapaces construyen sus nidos en ramas o en agujeros de troncos erguidos, desde donde tienen una panorámica más despejada para detectar posibles predadores.


En el suelo, la acumulación de materia orgánica vegetal (hojas, ramitas, flores, frutos, conos, etc.) aumenta desde Neuquén hacia Tierra del Fuego.

Es que al ir disminuyendo la temperatura, la descomposición se hace más lenta. Quien tenga oportunidad de hacer caminatas en estos dos extremos podrá palpar las diferencias.

Las cosas cambian además según que árboles estén en juego. Las coníferas, como el Alerce y el Maniú Macho, tienen hojas de descomposición muy lenta, por sus elevadas concentraciones de ácido fenólico o lignina.

Una mayor proporción de fibras en relación a las proteínas en sus hojas disminuiría la capacidad de los microorganismos del suelo para degradarlas.

Las Angiospermas. de hojas más resistentes son también las que tienen mayor proporción de fibras (indicador de adaptación a sequedad) y resultan menos "cautivante" para los descomponedores.
Aljaba (Fuchsia Magellanica)
Aljaba (Fuchsia Magellanica)
Entre los Nothofagus, la tasa de descomposición de las hojas del Coihue es más lenta que en el Ñire y la Lenga, (17 % contra 56 % por año respectivamente), dos especies que pierden sus hojas anualmente.

En definitiva, adaptaciones, cambios y renovaciones son constantes en el siempre asombroso mundo natural. Por eso, además del impacto a nuestros sentidos que causa el bosque, los acertijos que plantea su funcionamiento pueden cautivar intensamente nuestra curiosidad. Es una alternativa que vale la pena aprovechar.
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